Agricultora urbana del huerto comunitario “Maná Mi Hermosa Huerta”, en Comas, Lima.

Derechos fotográficos cedidos por MOCICC.

Lima combate al cambio climático a través de la agricultura urbana

Con alrededor de 11 millones de habitantes, Lima es una de las ciudades más secas del mundo. La precipitación media anual no supera los 9 milímetros por año - equivalente a la lluvia de un par de días en la Amazonía -, como consecuencia parcial de la resurgencia de aguas profundas en la costa peruana, la corriente de Humboldt y la barrera natural que representa la Cordillera de los Andes de más de 5000m de altitud, según explica Jhan Carlo Espinoza, investigador del Institut de Recherche pour le Développement  (IRD). Hoy en día, se conoce que un porcentaje importante de las lluvias que caen en los Andes peruanos provienen de la evapotranspiración de un bosque amazónico cada vez más deforestado, lo cual representa un escenario de alto riesgo para el futuro de los recursos hídricos en el Perú.

De allí la importancia de la agricultura urbana en Lima como una manera de convertirla en una ciudad resiliente frente al cambio climático teniendo en cuenta que, según la FAO, el 98% de los alimentos consumidos en la capital peruana vienen de afuera de la ciudad. En caso de inconvenientes en las carreteras, se corren riesgos de desabastecimiento considerando que el 89% de la infraestructura vial del país es vulnerable a los efectos de las lluvias.

Florence Frossard, miembro de la plataforma Agricultura en Lima, impulsada desde el Movimiento Ciudadano Frente al Cambio Climático (MOCICC), describe que la iniciativa surgió en 2016 a partir de la necesidad de unir y articular los esfuerzos de quienes impulsan la agricultura urbana agroecológica de hortalizas en la ciudad y su periferia, a través de actividades de investigación, capacitación, incidencia, gestión, producción, comercialización, consumo y comunicación. El conjunto de 40 organizaciones abarca localidades como las de Villa María del Triunfo, San Juan de Lurigancho y el Valle del Chillón.

Jardín Urbano Machu Picchu, en el distrito Villa María del Triunfo, Lima. 

Derechos fotográficos cedidos por Alain Santandreu.  

Se presentan dos tipos de agricultura, según Frossard: la urbana en parcelas que pueden ir de cincuenta metros cuadrados a dos hectáreas, con cultivo de camas en el suelo; y la periurbana, con productores más orientados a la venta y terrenos que van de dos a quince hectáreas, en zonas muy vulnerables olvidadas por las políticas públicas. En general, si bien hay dificultades en el  acceso a la tierra, el mayor desafío es el acceso al agua, siendo Lima la segunda ciudad más grande del mundo ubicada en un desierto después de El Cairo. A pesar de esto, el proyecto ha sido exitoso en términos de incidencia política, habiendo conseguido acercar los huertos comunitarios a los tomadores de decisión y la gente, generando un interés creciente entre la población limeña particularmente en la periferia. Es allí donde, personas de la tercera edad, sobre todo mujeres, que migraron de la sierra y han tenido la cultura agrícola, ahora recuperan “su chacrita” y se reconectan con sus raíces.

La certificación es gratuita y busca crear un nexo de confianza entre los agricultores y consumidores. La evaluación de los productos se hace a través de la participación activa de productores, consumidores, activistas y asesores con el fin de promover el intercambio de conocimientos, así como construir comunidad. Con esta certificación, los agricultores podrán vender sus productos a precios más justos, teniendo en cuenta que los productos agroecológicos implican mayores costos relacionados con producción ambientalmente responsable. Si bien la agricultura urbana en Lima todavía está lejos de poder garantizar el autoabastecimiento de alimentos para toda la ciudad, esta práctica viene funcionando como un aporte complementario a la canasta mensual, alcanzando a un total aproximado de 250 familias en toda la ciudad.

Finalmente, Alain Santandreu, sociólogo especialista en agricultura urbana, distingue dos categorías. Por una lado la dimensión ambiental referida a la producción orgánica, al reuso del agua y de los residuos domiciliarios que las familias de sectores populares realizan como práctica habitual.Por el otro, la dimensión política, en tanto que contribución al ecosistema urbano, más allá de la micro-agricultura familiar y ocupando colectivamente territorios abandonados a modo de reconectar a los ciudadanos ambiental, social y alimentariamente con su derecho a la ciudad.