Brasil puede salvar a la Amazonía a través de la bioeconomía

El último informe del IPCC remarca que la degradación de la tierra y el suelo acelera la crisis climática, mientras que un uso sustentable de los mismos resulta crucial para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París y la seguridad alimentaria. Carlos Nobre, experto en variabilidad climática y sustentabilidad de los bosques tropicales, propone una Amazonia 4.0 como alternativa para el desarrollo sustentable del Brasil a través de la exploración del potencial económico de la biodiversidad. 

Esta idea fue reavivada luego de que se hicieran públicas las últimas estimaciones del Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE), revelando que la deforestación en la Amazonía brasileña alcanzó los 2.254,8 k2 en julio, un 278% más que el mismo mes del año anterior. Las mismas fueron duramente cuestionadas por el gobierno de ese país, lo cual derivó en un debate televisivo donde el ahora ex director del INPE, Ricardo Galvão, sostuvo que “todo dirigente debe entender, que cuando se trata de cuestiones científicas, no existe autoridad alguna por encima de la soberanía de la ciencia.”. De acuerdo a lo expuesto por Carlos Nobre ante la prensa brasileña:

Recolección de azaí en su palma cerca del río Araça, al norte de Barcelos, Amazonas. 

Derechos fotográficos cedidos por Carlos Durigan. 

Consultado respecto al complejo escenario actual de la Amazonia, Carlos Durigan, director de World Conservation Society Brasil (WCS), explica que la degradación e invasión del 50% de las tierras de donde viven la mayoría de las comunidades indígenas se debe a varios fenómenos socioambientales que vienen impactando desde hace tiempo a la región. 

En primer lugar, desde hace aproximadamente cinco años se experimenta un aumento de la deforestación que en gran parte es resultado de la expansión de la agricultura y ganadería extensivas y ocupación ilegal de tierras, así como de la huella urbana de grandes ciudades como Manaos y Belén con nuevas carreteras, lo que conlleva un aumento significativo de incendios. Segundo, los residuos cloacales de las ciudades, volcados sin ninguna gestión o tratamiento. Tercero, la contaminación por mercurio promovida por la minería de oro, el cual se inserta en la cadena alimentaria, afectando a poblaciones que consumen pescado contaminado, sobre todo en ríos como el Madeira y Tapajós. En cuarto lugar, hidroeléctricas como la usina de Belo Monte en el río Xingú y el Complejo del Madeira, alteran los cursos de agua, incidiendo en los flujos de peces migratorios  que representan un 80% de las especies utilizadas por los pueblos amazónicos. En quinto y último lugar, el tráfico ilegal de vida silvestre de especies en peligro de extinción vulnera aún más la frágil biodiversidad.

Rubens Gomes es el presidente de la cooperativa Amazonbai, ubicada en el archipiélago de Bailique, un conjunto de ocho islas ubicadas en la boca del río Amazonas. El proyecto surgió en 2015, cuando 39 comunidades crearon un protocolo de protección y gestión del territorio y recursos naturales. Luego en 2017 fundaron la cooperativa, y en 2018 inauguraron la Casa del Azaí en Macapá, donde producen pulpa sin mezclas artificiales, para así elevar el potencial nutritivo del fruto:

Producción de azaí en Amapá, Amazonas.

 Derechos fotográficos cedidos por Fred Mauro.

Entrevistado respecto a los servicios ecosistémicos y la bioeconomía, el Dr. Philip Fearnside, investigador del Instituto Nacional de Investigaciones sobre la Amazonia (INPA), explica que los productores deberán tratar de mantener la mayor cantidad de áreas protegidas que sea posible, pero a su vez conservar sus mercados. Sostiene que aunque seguramente los productores de azaí no contarán con más ayuda del gobierno, eso no significa que deban renunciar a lo que están haciendo, ya que las otras opciones que les son ofrecidas están al otro lado de la mesa: ganadería o aceite de palma. Esto resulta sumamente peligroso ya que la segunda opción es aún más rentable y más nociva para el ecosistema que la primera.