La sabiduría indígena que puede frenar los incendios en Bolivia

La ecoregión del bosque chiquitano representa una mezcla de ecosistemas en la transición de la parte seca del Gran Chaco a la humedad de la selva amazónica. Considerado el último bosque seco tropical del mundo, cubre un área equivalente al territorio de Uruguay que se extiende a lo largo del departamento de Santa Cruz. Al 20 de septiembre de 2019 la superficie quemada superaba las 3,500,000 hectáreas - entre sabana y bosque - y el gobierno  de Bolivia seguía sin declarar la emergencia nacional, restando menos de un mes para las elecciones presidenciales. En el contexto internacional de la Cumbre de Acción Climática, la ONU acaba de publicar un reporte titulado ‘Unidos en Ciencia’, donde vuelve a resaltar el impacto de los cambios en el uso del suelo sobre la crisis climática.

Marc Castellnou es analista experto de incendios en planificación y presidente de la Fundación Pau Costa, la cual apunta a capitalizar el conocimiento y la experiencia recopilada por especialistas en ecología y gestión de incendios a nivel nacional e internacional. Desde Cataluña explica para One Earth que Bolivia siempre ha tenido continuidad de incendios, pero a partir del 2017, cuando ingresamos al periodo de los ‘Cinco Años Calientes’, el cambio climático comienza a hacerse evidente, sobre todo en materia de incendios a nivel global. Los eventos de Chile, Portugal, Sudáfrica y California donde se quemaron miles de hectáreas de bosque por hora son procesos convectivos o de tormenta de fuego, categorizados como de sexta generación: tienen la máxima cantidad de combustible y se encuentran con atmósferas radicalmente calientes e inestables; ecosistemas estresados, que no soportan más el espacio en que viven y necesitan cambiar. En estos casos el incendio altera y controla la atmósfera al ecosistema, y no al revés, lo cual puede derivar en pyrocumulonimbus o ‘tormentas de fuego’ que provocan la expansión de los incendios a una velocidad sostenida muy alta (de 7 km/h en el caso de Bolivia el dia 7 Septiembre). Este fenómeno es una tendencia global, pero en Latinoamérica hasta el momento solamente se había sido presenciado en dos ocasiones - Chile 2017 y Argentina 2018 - pero ahora nos encontramos con tres casos en tan solo un mes: en la zona de Roboré en Bolivia, en Brasil y Paraguay. 

Guarparques aplicando técnicas de ataque directo contra el fuego en el área natural de manejo integrado Otuquis, humedal ubicado en el extremo sureste del departamento de Santa Cruz

Derechos fotográficos cedidos por Daniel Villaroel

Violeta Ayala, cineasta y activista social oriunda de Cochabamba, comenta vía Skype que la creciente caída en las reservas de gas natural de Bolivia han empujado a que el gobierno busque nuevas fuentes de ingresos a partir de la expansión de la ganadería. En ese sentido se fue avanzando con la aplicación de la ley 741 y el decreto supremo 3973 para facilitar una reforma agraria que modifique los usos del suelo en el oriente del país. Los miembros de las culturas Quechua y Aymara - mayoría en el país - provenientes de la región de los Andes se están asentando en esas tierras, y llegan con una noción de que deben “trabajar” el suelo para comer, la cual se contrapone con la visión guaranítica y amazónica de que hay que “cuidar” el suelo y el ecosistema para poder alimentarse. Desde tiempos precolombinos se sabe que esas tierras no deben ser tocadas sino respetadas, ya que de allí proviene la lluvia que riega los Andes:

Rocío Lloret es periodista del diario La Región y estuvo cubriendo los incendios desde el lugar de los hechos. En conversación telefónica desde La Paz explica que en lo que se denomina el ‘valle’ o ‘altiplano’ la quema o ‘chaqueo’ es controlable, pero la Chiquitanía es otro tipo de ecosistema. Y si bien hay incendios todos los años, las quemas en Oriente por colonos provenientes de Occidente se expandieron más allá de cualquier control, sin lluvias previstas hasta fines de septiembre:

Bosque arrasado luego de los incendios en la Chiquitania.

Derechos fotográficos cedidos por Romaneth Hidalgo.

El doctor en biología René Guillén lleva casi treinta años estudiando la naturaleza virgen del Cerrado y el Gran Chaco, en la frontera con Brasil. Consultado sobre la posibilidad de regeneración luego de que lleguen las primeras lluvias, el especialista boliviano explica que estos ecosistemas cuentan con especies resistentes al fuego, como las gramíneas y otras plantas herbáceas, y otros árboles como el quebracho blanco y el roble, que gracias a sus raíces leñosas bajo tierra rebrotan después del fuego. Para eso él considera que las comunidades deben buscar semillas nativas y viveros comunales que ya tengan resultados claros sobre el comportamiento de reproducción de las plantas de la Chiquitanía a modo de poder avanzar con la reforestación.

Daniel Villaroel, investigador asociado del Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado, señala que en las comunidades indígenas originarias de la región del Gran Chaco, al cual pertenece la Chiquitania, los guaraníes contaban ya con una valoración de los servicios ecosistémicos con un enfoque de ‘tumba, rota y quema’ desde la época de las reducciones jesuíticas. Este les permitía utilizar el periodo de descanso de la tierra luego de las quemas para esperar que el suelo se recuperase antes de volver a la siembra. La Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) de Bolivia trabaja desde hace más de 16 años en la región chiquitana, bajo diferentes temáticas, siendo el manejo e impacto del fuego una de estas líneas, produciendo material didáctico para las comunidades rurales.

Aceite de Cusi Chiquitano. Derechos audiovisuales cedidos por Daniel Coimbra.